No Man’s River: Los Tajamares como Proyecto de Paisaje

Romy Hecht M. para LOFscapes
31.03.2015

Fernando Brambila, Vista de la Ciudad de Santiago de Chile con parte del Tajamar del Río Mapocho desde la Quinta Alegre (1794) – © Museo Histórico Nacional de Chile  

Fernando Brambila, Vista de la Ciudad de Santiago de Chile con parte del Tajamar del Río Mapocho desde la Quinta Alegre (1794) – © Museo Histórico Nacional de Chile

 

En un ensayo que desarrollamos con Anita Berrizbeitia hace un tiempo ya, establecimos que las ciudades y paisajes latinoamericanos son resultantes de tres procesos distintivos pero interrelacionados (1). El primero corresponde a las determinantes de su geografía física, fundamental en la mantención de una diversidad cultural, en la organización territorial y en los grados de respuesta efectiva a desastres y catástrofes. El segundo es el de colonización por el que Latinoamérica atravesó, un proceso marcadamente diferenciado de otros, que implantó una red extensiva de ciudades y una tradición de hibridación cultural. El tercer proceso, y que a la vez coincide con una de las hipótesis más usadas en la cultura Latinoamericana, es que ha habido un modernismo totalmente desarrollado en el aspecto cultural del término, pero sin una completa modernización desde una perspectiva económica y social del mismo.

A esta narrativa es posible añadir hoy una cuarta condición de desarrollo, una que se aplica particularmente al caso chileno: nuestra falta de compromiso con la escala y naturaleza del diseño y administración de espacios públicos. Y por compromiso no me refiero a una ideología particular, sino a la especificidad de las estrategias activadas para posicionar al proyecto de paisaje como pivote y marco para transformaciones urbanas.

En Chile, y particularmente en Santiago, esta idea y posibilidad no es nueva sino que emerge hacia fines del siglo diecinueve, cuando nuestra ciudad era un producto complejo y  configurado a partir de la coexistencia de paisajes productivos, culturales y estructuradores. Aún cuando el crecimiento urbano de Santiago ha sido más bien negativamente evaluado en función de su avance y consumo de la periferia agrícola, no se ha destacado que tal desarrollo fue el resultado de una visión de ciudad (discursiva, pública y participativa) que usó al proyecto de paisaje como posibilidad para establecer modelos para el desarrollo del valle y patrones para recuperar infraestructuras en desuso.

Predios agrícolas fueron usados como laboratorios tipológicos para componer el territorio a través de operaciones de plantación a gran escala; a partir de lógicas inmobiliarias los caminos agrícolas fueron transformados en avenidas que incorporaron casas aisladas en medio de “la naturaleza”; antiguas canteras fueron abiertas como senderos públicos, conteniendo el potencial de construir en el tiempo un sistema de parques elevados concatenando a todos los cerros isla del valle; y las riberas se transformaron en elementos urbanos  gracias a su transformación a partir de la construcción de infraestructuras hídricas.

Si bien dispersas en el territorio, todas estas piezas fueron propuestas de diseño pensadas y construidas no solo para incorporar áreas verdes en la ciudad, sino también para comunicarla con su entorno a través de espacios públicos que operaron como dispositivos territoriales para reconocer la extensión geográfica del valle, proporcionando a la vez a sus habitantes tanto una identidad urbana como territorial. Consecuentemente, antes de reclamar por la carencia de visiones urbanas que nos habrían llevado a arrasar con cualquier superficie de terreno disponible, necesitamos comprender los aspectos técnicos e históricos de la construcción y modelación de nuestro paisaje. Y para ello tomemos una de las piezas incorporadas a la urbe y memoria colectiva desde la perspectiva del proyecto de paisaje: la transformación de ríos en espacio público.

Como es sabido, los conquistadores españoles fundaron nuestras ciudades a partir de dos lógicas territoriales fundamentales: primero, escoger un sitio con un cierto dominio visual de sus alrededores con el fin de prevenir ataques indígenas y segundo, trazar el damero fundacional cercano a un cuerpo de agua al menos, de modo incorporar naturaleza al dispositivo artificial. Sobrepuesto o yuxtapuesto a la grilla, los ríos se transformaron en un territorio en disputa, en un elemento indomable propenso a inundaciones o a sequías extremas y deshabitado debido a la sensación de temor o incertidumbre que determinaba.

Una de estas trincheras urbanas fue el Río Mapocho de Santiago, a los pies de cuya ribera sur la ciudad fue fundada en 1541. Abandonado y aislado por cerca de dos siglos, a partir de 1700 un sistema de tajamares fue constantemente rediseñado, reconstruido y reinaugurado. Su versión del siglo diecinueve no solo proveyó protección frente a las crecidas, sino que también permitió la integración del río al medio físico de la ciudad gracias a rampas que bajaban al lecho (operando, por ejemplo, como áreas de acción de las lavanderas) y a la configuración de una promenade elevada para la sociedad Santiaguina. Austera y sin árboles que la proveyeran de sombra, ésta se erigió a lo largo del río en claro contraste con la naturaleza exuberante presionando o desapareciendo contra sus bordes.

Desafortunadamente, durante el siglo veinte este extraordinario espacio público sufrió  intervenciones inadecuadas y descoordinadas que provocaron su desaparición debido al desarrollo de obras de canalización primero, y de un sistema de autopistas urbanas  después.

Quizás con el interés implícito de revivir el que una vez fue un contacto directo entre el río y la ciudad, dos proyectos contemporáneos han surgido como mecanismos para recuperar la condición estratégica de los tajamares. Tal como su nombre lo indica, el Mapocho Pedaleable (2010 –) propone una ciclovía continua en el lecho, actualizando el significado decimonónico de usar el río para actividades domésticas. Propuesto de manera independiente, el Mapocho 42K (2011 –) aspira a los mismo pero a nivel de ribera, facilitando la conexión entre fragmentos y transformando los 42 km urbanos del río en un parque lineal.

Si se desarrollaran en conjunto, ambos proyectos tendrían el potencial de reclamar efectivamente la delicada relación entre la condición natural del río y el carácter la más íntimo de su entorno suburbano creando, como resultado, un “nuevo” paisaje donde no hay necesariamente espacio “oficial” para ello (2).

Comprometerse con proyectos de esta envergadura e impacto en un contexto como el nuestro supone entonces elaborar estrategias, no solo para restablecer el significado de sincronizar los ritmos de la naturaleza y los patrones de la vida diaria, sino para recuperar la instrumentalidad de intervenciones de paisaje que han probado ser efectivas.

Comprometerse con proyectos de paisaje en un contexto como el nuestro no implica entonces producir solo intervenciones a gran escala, sino sobreponerse y superar una ceguera histórica, de modo acuñar y actualizar nuestros exitosos intentos por articular relaciones entre infraestructura, programa y futuros urbanos imaginados.

(1) Me refiero a “La Idea de Paisaje en USA: De Naturaleza a Ciudad” en Retorno al Paisaje: El Saber Filosófico, Cultural y Científico en España, Joan F. Mateu Bellés y Manuel Nieto Salvatierra, eds. (Valencia: Evren, 2008), 243-81.
(2) Manola Ogalde, como parte del Taller de Investigación de la Escuela de Arquitectura PUC "Urbanismo desde el Paisaje: Lectura de Piezas Urbanas en Proceso, Santiago 2013" (dirigido por Romy Hecht, Sem.1, 2013), exploró las posibilidades de esta noción en su trabajo Dioramas del Mapocho: La Relación con el Río en los Tajamares (1792-1889) en Contraposición al 42K y el Pedaleable (2013). Disponible en Biblioteca Lo Contador.

 

 

Esta columna la puedes ver también en LADERA SUR

 

 
 

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