Mi Paisaje Nacional

Romy Hecht M. para LOFscapes
17.11.2015


Esta semana reflexionamos no tan sólo acerca de la idea de paisaje como concepto, sino también del sentido que éste puede impregnar de manera latente e imperecedera en sus habitantes.

 

A propósito de la invitación que el colectivo LOFscapes ha recibido para participar como representante de la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica en la exposición Work in Progress 2016 (Santiago, Mayo-Junio 2016) y que lleva por título “Paisaje Nacional,” me pareció necesario reflexionar acerca del sentido y alcance de esta noción, desde mi propia experiencia. Ello supone comenzar con la pregunta acerca de cual es –para mí– el origen del paisaje, en un intento por exponer que, finalmente, el paisaje es el resultado de una conflictiva pero necesaria relación entre hombre y naturaleza. En tal sentido, mis esfuerzos constantes por entender y definir el paisaje contemporáneo han estado inconfundiblemente impregnados por mi infancia.

Debido al trabajo de mi papá como ingeniero químico en la Empresa Nacional del Petróleo crecí en Cerro Sombrero, el principal pueblo petrolero de Chile en la década del 70, emplazado en el extremo norte de la Isla de Tierra del Fuego (fig.1). La sensación de aislamiento proporcionada por la presencia del Estrecho de Magallanes y de caminos sin pavimentar, por los crudos inviernos y fuertes vientos, ha sido determinante en mi apreciación y goce del paisaje en su capacidad de dar, artificialmente, forma a un trozo de territorio. El emplazamiento de Cerro Sombrero fue justificado por consideraciones económicas y determinado a partir de la definición del punto equidistante entre los yacimientos petrolíferos de la región, construyéndose en la mitad de la nada e imponiendo, en consecuencia, un patrón deliberado sobre un territorio sin señales ni posibilidades de ocupación (fig.2).

Para apoyar la vida de cerca de cien familias, el asentamiento fue equipado con una escuela fiscal, un policlínico, un almacén, un centro social, un teatro y un complejo deportivo que incluía una piscina temperada, una bolera y un solárium con especies de origen climático más bien tropical (fig.3). Prácticamente todas las actividades comunitarias eran desarrolladas en cuartos cerrados protegidos de la severidad del clima. No había jardines, pero sí huertos familiares plantados con ruibarbo, papas, rábanos y lechugas. No había un predominio de colores verdes ni de pastos, no había un paisaje intermedio donde guarecerse o parques o montañas que visitar, solo una extensión de tierra cubierta con Festuca magellanica y ocasionalmente interrumpida por un rebaño de ovejas y algunos árboles torcidos por la fuerza de vientos implacables. Bajo estas circunstancias, “naturaleza” era una abstracción y su construcción, una operación lógica de ocupación (fig.4).

La capacidad de Cerro Sombrero (y de otros paisajes) de encarnar un sentido de lugar para sus habitantes ha guiado desde entonces, y entre otras cosas, mi manera de entender el paisaje. En términos equivalentes, la experiencia de vivir en medio de un territorio sublime como la Patagonia fueguina otorga la suficiente distancia para apreciar al paisaje como un campo moldeable y sometido a permanentes transformaciones. Cabe entonces preguntarse cómo puede ser transmitida esta apreciación por el sentido de lugar y arraigo que los paisajes proveen para definir entidades donde las expectativas humanas, propuestas de diseño y procesos socio-culturales se entrelazan y articulan. Partir de la propia experiencia parece no ser tan mala idea después de todo.
 

Leyenda Imágenes
(1) La autora y sus padres en su antejardín en Cerro Sombrero (1977) © Romy Hecht para LOFscapes
(2) Emplazamiento de Cerro Sombrero (2015) © Google Earth (2015)
(3) Solarium de Cerro Sombrero (2015) © Germán Guzmán para LOFscapes
(4) Vista del entorno de Cerro Sombrero (2013) © Romy Hecht para LOFscapes