Arquitectura de Cumbre Altoandina: Lecciones para el Desarrollo de Paisajes Culturales Contemporáneos

Andrés Felipe Riveros Cristoffanini para LOFscapes
24.11.2015


En las cumbres de la Cordillera de los Andes se desarrollaron infraestructuras de piedra con un marcado sentido ceremonial. Casi sin alterar su entorno, estas construcciones contribuyeron al desarrollo de paisajes culturales cargando al territorio de múltiples significados. Esto constituye en sí mismo una lección que nuestro columnista invitado, el arquitecto Andrés Riveros C., afirma podríamos poner en práctica hoy dado el evidente deterioro de nuestros ecosistemas, promoviendo así una manera sensible de intervenir el contexto natural que es compartible con su conservación y cuidado.  

 

En las cumbres de la Cordillera de los Andes se desarrollaron infraestructuras de piedra con un marcado sentido ceremonial (1) y, debido al arraigo territorial que subyace en ellas, se establece aquí su análisis a la luz del enfoque de paisajes culturales, noción que incluye todas las manifestaciones de la interacción entre las personas y su medio ambiente. Los paisajes culturales son construcciones multidimensionales y dinámicas que humanizan y marcan el territorio como consecuencia de una coevolución socionatural, en la que el entorno, además de ser transformado físicamente, adquiere significado y valores compartidos para las comunidades que lo habitan (2). Aquí interesa destacar dos ideas centrales relacionadas con este concepto: por un lado, el hecho de que los paisajes culturales involucran una transformación del territorio y por otro, que éstos están cargados de significado para las sociedades que los habitan.

Paisajes Altoandinos
En el territorio andino, eventos geográficos de distinto orden, tales como vertientes, quebradas, lagos y montañas, gozan de significaciones sagradas, siendo las cumbres las más veneradas (3). Son al menos 166 los sitios arqueológicos de alta montaña de los Andes los que presentan características de santuario, ofrendatorio o sitio ceremonial. Los vestigios se extienden entre el volcán Corupuna en Perú y el Cerro el Plomo en la Región Metropolitana, Chile Central, abarcando más de 2.000 kilómetros de cordillera (4, ver fig.1).

Según el estudio desarrollado por Berenguer, Aldunate y Castro (1), los cerros tendrían al menos cuatro significaciones diferentes: primero, estarían relacionados con el linaje de las familias y los antepasados; segundo, tendrían jerarquizaciones de acuerdo a la altura de los cerros; tercero, contribuirían a la construcción de la identidad local; y finalmente, serían soporte de ciertas funciones claves para la viabilidad de las sociedades – tales como la ganadería, minería, regulación del clima, disponibilidad agua, buena fortuna y salud, por nombrar algunas.

La arquitectura de cumbres se desarrolló en la cima de las montañas y en el camino a ellas. Las edificaciones, que en algunos casos se encontraban a más de 6.000 metros sobre el nivel del mar, se construían con piedras del mismo lugar, implicando un gran esfuerzo físico por quienes las hicieron y también por quienes las usaron. Las actividades que se desarrollaron en estas infraestructuras fueron estrictamente de orden religioso (fig.2-4).

La evidencia indica que la arquitectura de cumbres se orientó, generalmente, hacia ciertas montañas u otros elementos notables del territorio (1), y que también sirvió como calendario para medir las estaciones a lo largo del año (4). Aún así, no es del todo claro de qué manera la arquitectura actuó como mecanismo para dotar de significado a los territorios, pero sí sabemos que no alteraron de manera radical los entornos en que se emplazaron, aún cuando contribuyeron al proceso de dotarlos de siginificado. Entonces, podríamos pensar que, de alguna manera, esta arquitectura sirvió para transformar el territorio en paisaje mediante un cambio en la forma de verlo e interpretarlo.

La modificación que hace la arquitectura de cumbre tiene una repercusión en los paisajes culturales andinos que no se refleja directa y físicamente en el territorio, sino que queda en el imaginario de las personas, como un conocimiento transmitido a través de las mismas edificaciones y de las ceremonias que acogieron. La información que se diseminaba en estos lugares forma, por tanto, parte fundamental en el desarrollo de la cultura y de su adaptación al territorio.

Según la mirada altoandina, las montañas, junto con ser elementos naturales, son también paisajes culturales que determinaron fuertemente la forma en que las sociedades se desarrollaron. Es así como resulta de suma relevancia resaltar que los paisajes culturales altoandinos están cargados de significados y sin embargo, están muy poco intervenidos, lo que da cuenta de un manejo del paisaje que no implicó su degradación. Esta es una lección que necesitamos poner en práctica urgentemente, dado el evidente deterioro de nuestros ecosistemas, encontrando una manera sensible de interactuar con el paisaje y que a su vez sea compatible con su conservación y cuidado.

Andrés Riveros Cristoffanini es Arquitecto de la Universidad del Desarrollo (2009) y Magíster © en Áreas Silvestres y Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile. Actualmente está dedicado a la arquitectura, la investigación en ecología urbana, consultorías ambientales y forma parte de la Fundación Legado Chile.

Notas
(1) Ver Berenguer, Aldunate y Castro, “Orientaciones Orográficas de las Chulpas en Likan: La Importancia de los Cerros en la Fase Toconce,” B. Bittman (ed.), Simposio Culturas Atacameñas. 44 Congreso Internacional de Americanistas (Antofagasta: Universidad del Norte, 1984), p.175-220.
(2) Ver Buxó, “Paisajes Culturales y Reconstrucción Histórica de la Vegetación” en Revista Científica Ecosistemas 15 (2006), p.1-6
(3) Ver Zuidema, “Catachillay: The Role of the Pleiades and of the Southern Cross, and Alpha and Beta Centauri in the calendar of the Incas” en A. Aveni y G. Urton (eds.), Ethnoastronomy and Archaeoastronomy in the American Tropics 358, Annals of the New York Academy of Sciences (1982), p.203-229.
(4) Ver Ricardo Moyano, “El Adoratorio del Cerro El Potro: Arqueología de Alta Montaña en la Cordillera de Copiapó, Norte de Chile” en Revista Estudios Atacameños 38 (2009), p.39-51.

Leyenda de Imágenes
(1) Secuencia de América: (1) Contorno de América, (2) Área sobre 4.000 m de altitud, (3) Arquitectura de cumbres o santuarios de altura © Andrés Riveros C. para LOFscapes
(2) Cráter del Licancabur y fotomontajes de dibujos de la arquitectura de cumbre publicados por (b.) Le Paige (1978) y (c.) Reinhard (1980) © Andres Riveros C. para LOFscapes
(3) Ricardo Moyano, Unidad A del Centro Metalúrgico en Cerro el Potro (2009) ©  Revista de Estudio Atacameños
(4) Ricardo Moyano, Arquitectura de cumbres construida con piedras del lugar (2009) ©  Revista de Estudio Atacameños
(5) Visión andina de las montañas sagradas (izq.) versus visión 'objetiva'(der.) © Andrés Riveros C. para LOFscapes a partir de ilustraciones de Reinhard (1983)
(6) Babak Tafreshi, Vista nocturna del volcán Licancabur a través de un cambo de penitentes de hielo (2011) © twanight.org

 

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