El Estadio Nacional que no Fue (a Propósito de la Copa América)

Romy Hecht M. para LOFscapes
16.06.2015


La historia de la búsqueda de un posible emplazamiento para el Estadio Nacional de Santiago de Chile es una síntesis de la falta de visión urbana de futuro que nos caracteriza. Esta columna presenta cómo el ‘recinto de Ñuñoa’ pudo haber estado emplazado en Renca, en el Parque Cousiño, en la Quinta Normal de Agricultura e incluso, en el actual Campus Lo Contador de la Pontificia Universidad Católica.

 

Si bien cualquier mitología en torno al Estadio Nacional de Santiago de Chile queda saldada en la seria investigación-tesis-libro de la arquitecta Valentina Rosas K. Ni tan Elefante, Ni Tan Blanco: Arquitectura, Urbanismo y Política en la Trayectoria del Estadio Nacional (RiL Editores, 2014), creo interesante traer a tribuna un aspecto de su historia que fue, en cierta medida, determinante en el desarrollo de nuestra capital: la decisión de su emplazamiento.

Sabemos que la historia del ‘recinto de Ñuñoa’ comienza en Marzo de 1909, cuando un conjunto de clubes deportivos y establecimientos educacionales realizan su primera protesta en la Alameda de las Delicias para reclamar la inclusión de actividades deportivas en los currículos escolares, la liberación de derechos de aduana para artículos deportivos y la construcción de plazas de juegos infantiles y de un Estadio Nacional (1). Ahora bien, sólo siete años después fue colocada la primera piedra del estadio, pero un poco más al norte de su actual emplazamiento, específicamente, en las 15 ha de la Chacra El Mirador. El terreno, ubicado al sur-oriente del Cerro Renca y al sur-poniente del Hipódromo Chile, era a la vez contiguo a la Estación de Renca, vale decir, en terrenos accesibles a través de la línea férrea que conectaba a otros espacios públicos de importancia como la Quinta Normal de Agricultura, el Parque Forestal, el Club Hípico y el Parque Cousiño. Crónicas de la época relatan que los terrenos eran propiedad de la Federación Sportiva Nacional y que a la ceremonia de Noviembre de 1916 acudieron el Presidente Juan Luis Sanfuentes, los Ministros de Hacienda y de Instrucción Pública y “distinguidas personalidades [del] mundo político y social” (2).

La siguiente noticia que tenemos sobre un posible emplazamiento para el recinto deportivo la encontramos recién en Marzo de 1935, a la par del desarrollo del Concurso de Anteproyectos de Arquitectura para el “futuro Estadio Nacional,” ergo sin sitio, donde resulta ganador el equipo de Aníbal Fuentealba, Alberto Cormatches y Ricardo Müller (3). Dos locaciones se barajaban para la construcción del proyecto escogido: la elipse del Parque Cousiño, considerada más adecuada por encontrarse en el radio urbano y por su consiguiente fácil accesibilidad, y el antiguo sitio de Renca, menos idóneo por el “gasto de urbanización [que habría que realizar en] esta comuna, el arreglo de puentes y, sobre todo, [por] la necesidad de llevar agua potable desde Santiago, lo que significaría 10 millones de pesos más de gastos” (4).

En Noviembre de 1935 –y en medio de un persistente debate en la Cámara de Diputados, siempre tan preocupada de las temáticas claves del acontecer nacional– el ex Intendente de Santiago Alberto Mackenna Subercaseaux suma un nuevo sitio posible a la discusión: la Chacra de Lo Contador al pie del Cerro San Cristóbal, donde hoy se ubica la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos de la Universidad Católica. Sus argumentos, nada despreciables por cierto, incluían una visión del Santiago futuro, donde “el barrio de Providencia y Los Leones” se constituiría en un polo de desarrollo urbano y donde el Río Mapocho podría ser transformado en el centro de “los deportes de natación, remo y regatas” – afirmación que evoca la postura de quienes han abogado en las últimas dos décadas por un Mapocho Navegable (5).

En Enero de 1936 se anuncia un acuerdo de la Cámara para no construir el estadio en el Parque Cousiño y, habiéndose descartado los sitios de Renca y a los pies del San Cristóbal, comienza la búsqueda de un terreno en las afueras de la ciudad, nombrándose como opciones a Peñalolén, Apoquindo “y tanto pintoresco sitio de la parte alta de Santiago, [que] puede proporcionar terrenos encantadores para el Estadio” – hecho que el Club Deportivo de la Universidad Católica debe de haber tenido en mente cuando vendió el antiguo Estadio de Santa Rosa junto a las riberas del Mapocho, trasladándose en la década de los ’90 a San Carlos de Apoquindo (6). Sin embargo, por Decreto Supremo Nº 3640 del Ministerio de Educación Pública, el 19 de Mayo de 1935 se autoriza la construcción del estadio en la Quinta Normal, específicamente en las 23 ha de la Escuela de Agronomía y Práctica de la Agricultura de la Universidad de Chile – hinchas albos y cruzados, respirad, pues sabemos que hasta el día de hoy los chunchos siguen buscando sitio para ‘su’ estadio.

Habiéndose descartado el terreno de la Quinta Normal, y sin mucha evidencia del porqué, el 09 de Enero de 1937 se emite un nuevo Decreto Supremo en que la Caja del Seguro Obrero transfiere al Fisco los terrenos correspondientes a las Chacras Lo Valdivieso y Lo Encalada en Ñuñoa a cambio de obras de pavimentación y agua potable en terrenos aledaños de la misma corporación (7). Con ello comienza la historia descrita por Rosas K.: un plan maestro de 61 ha para el sitio que no fue concretado, aún cuando fue ingresado al expediente municipal junto con los planos del estadio; la suma de 3 ha adicionales al terreno en 1953; y la presentación en 1959, 1971, 1973, 1982, 1985, 1997, 2004, 2008 y 2012 de nuevos planes para el sitio que, de implementarse, sólo se materializarían parcialmente.

La historia de la búsqueda de un posible emplazamiento para el Estadio Nacional es una síntesis de la falta de visión urbana de futuro que nos caracteriza. Hasta hoy espacios públicos notables sufren progresivas, inadecuadas y descontroladas intervenciones a cargo de las autoridades de turno y lentamente comunas consideradas periféricas de nuestra capital, como Renca, están siendo sometidas a posibilidades de transformación a partir de intervenciones tácticas, como la conversión de su cerro en un parque público. Así, si entendemos finalmente que el desarrollo de espacios de uso –y consecuentemente, con programa– ‘popular’ es una oportunidad para transformar y renovar sitios menos consolidados y usualmente de difícil accesibilidad, entonces podríamos ampliar las posibilidades futuras de una ciudad que no ha abandonado su crecimiento expansivo, generando herramientas sociales para ser utilizadas por quien más lo necesita: la ciudadanía.

Notas
(1) Consejo de Monumentos Nacionales (ed.), Tres Miradas al Estadio Nacional de Chile: Historia · Deporte · Arquitectura (Santiago: Ministerio de Educación, 2004), p.17.
(2) T., “El Estadio Nacional,” Revista Zig-Zag Vol.12:612 (11 Nov. 1916).
(3) “Dos Arquitectos de la Caja de Seguro Obligatorio Triunfan en el Concurso de Proyectos de Estadio Nacional,” Revista Acción Social 44 (1935), p.71-72.

(4) “Dos Arquitectos de la Caja de Seguro Obligatorio Triunfan en el Concurso de Proyectos de Estadio Nacional,” p.72.
(5) “La Mejor Ubicación para el Estadio,” El Mercurio (6 Nov. 1935), p.23.
(6) “El Futuro Estadio Nacional,” Urbanismo y Arquitectura Vol.1:1 (Ene. 1936), p.31.
(7) Consejo de Monumentos Nacionales, p.27.

Leyenda de Imágenes
(1) Estado Mayor del Ejército de Chile, Renca (1909-1910) y Santiago Norte (nd) © Archivo Técnico Instituto Geográfico Militar, encuadre planchetas Nº 90 [al oriente] y [al poniente] Nº 92.
(2) Autoridades en la ceremonia de colocación de la primera piedra del Estadio Nacional © Zig-Zag Vol.12:612 (11 Nov. 1916)
(3) Alternativas de la ceremonia de colocación de la primera piedra del Estadio Nacional © Zig-Zag Vol.12:612 (11 Nov. 1916)
(4) Planta baja del Estadio Nacional, proyecto ganador de 1935 © Revista Acción Social 44 (1935), p.71
(5) Vista del Estadio Nacional, 1946 © Revista Arquitectura y Construcción 06 (Mayo 1946), p.65

 

 
 

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