Afuera Está el Paisaje

Mario Fonseca V. para LOFscapes
29.09.2015


Esta semana nuestro destacado invitado Mario Fonseca nos invita a reflexionar sobre el paisaje chileno en la historia del arte, no tan sólo desde los reconocidos testimonios de poetas, sino desde la mirada de una serie de pintores, con particular énfasis en la última obra del pintor Leonardo Cravero, Registros Atmosféricos, que pronto se exhibirá en el Museo Nacional Ferroviario Pablo Neruda, en Temuco, y en el Museo de Arte Moderno de Chiloé, en Castro.
 

Empiezo por recordar una breve conversación con el teórico Ronald Kay, cuyo emblemático libro Del Espacio de Acá (Editores Asociados, 1980) contribuí a publicar. Me decía él que no existe una tradición del paisaje chileno en la pintura; que el paisaje chileno se reconoce más en la poesía que en la pintura. Es cierto, hay en la poesía chilena un testimonio luminoso y remecedor de nuestro paisaje – Mistral, Neruda y Zurita basten acá para ilustrarlo. Mas ello no opaca el registro perseverante de nuestra geografía que inician los dibujantes naturalistas de las primeras décadas de la República, como el inglés Conrad Martens, que acompaña a Darwin en Chile, o el alemán Moritz Rugendas, que colabora a su vez con el francés Claude Gay, otro gran dibujante. El pintor italiano Alessandro Ciccarelli y el chileno Antonio Smith, a pesar de su conflictiva diametralidad, podrían ser el puente entre aquellos primeros naturalistas y el gran paisaje que surge durante la segunda mitad del siglo, abriendo lugar a Pedro Lira, Alberto Orrego, Alberto Valenzuela, Onofre Jarpa, Juan Francisco González y Alfredo Helsby, éste ya ingresando al siglo XX. El paisaje chileno se halla presente en nuestra pintura, entonces, al menos linealmente, pero sin la variedad y la intensidad que de por sí demanda –y que la poesía está más cerca de interpretar.

Del Centenario al Bicentenario el arte chileno intenta insertarse en el concierto mundial, probando lenguajes que le permitan expresar con énfasis local los supuestos que discute la sociedad occidental. El paisaje no es un referente asiduo sino como entorno del protagonismo de la figura humana o de las obras del hombre, y quizás se impone con mayor intensidad en la abstracción que en la figuración. A don Pablo Burchard podemos identificarlo como un paisajista rural que antepone la luz al territorio, en tanto los sutiles horizontes de su discípulo Adolfo Couve implican necesariamente una percepción introspectiva. Sergio Montecino despliega paisajes figurados que evocan su campo sureño, mientras, por el contrario, y cual naturalista del siglo XIX, el pintor norteamericano Thomas Daskam registra con aplicación los parajes más extremos de nuestro territorio, involucrando siempre en algún detalle la presencia humana  –igualmente extrema– que lo habita. Entre los pintores de la generación nacida alrededor de 1950, Patricio de la O, Benito Rojo y José Basso adecúan el paisaje a su pauta personal, mientras Roberto Geisse e Ismael Frigerio lo exacerban en sus confrontaciones, sean urbanas o políticas. Jaime León lo sabe honrar por breve tiempo, en tanto, una generación más acá, Felipe Cusicanqui emula a Pablo Burchard empleando materiales de desecho. Pero es a fin de cuentas Pablo Chiuminatto el auténtico pintor contemporáneo de paisajes, comprometido en su caso con el 'orden clásico' del Valle Central, ese 'plexo solar' de Chile, según la cita que él mismo hace de Gabriela Mistral:

Hay tres órdenes geográficos en nuestro territorio. Hay en el norte un desierto… ‘el orden místico' nuestro. Luego viene la explosión de la montaña, ese gran desorden y esa gran confusión de nuestra Cordillera, lo mismo que los archipiélagos del sur, de una gran fantasía, muy atrabiliaria, loca y desatada… una especie de ‘orden romántico’ en el país… pero el cuerpo de Chile está formado por un valle Central limpio, llano, relativamente ancho, orgánico, continuado, y ese es el ‘orden clásico’ nuestro… el valle que forma nuestro plexo solar.

A Leonardo Cravero, en cambio, le interesa el 'orden romántico', esa 'fantasía, muy atrabiliaria, loca y desatada' de nuestra Cordillera y los territorios australes a la que alude Gabriela Mistral. El geógrafo Hans Steffen indicó que en Chile la Patagonia empieza al sur del Biobío; Cravero, instalado en la Araucanía, tiene así a su disposición el cuerpo continental de la selva fría o Bosque Valdiviano, que en estas latitudes se despliega generosamente desde la vertiente occidental de los Andes hasta el océano abrupto que antecede los archipiélagos y canales australes. Un monte siempreverde presidido por los sagrados canelos y poblado de ulmos, lingues, mañíos, coigües, laureles, tepas, ñires y olivillos, intercalado por especies caducifolias como el roble y el raulí,  y coronado a partir de los mil metros por las solemnes araucarias. ¿Cómo no hay en Chile pintores que vengan a hacer suyas estas arboledas, recortadas contra cielos en gamas de azul, naranja o gris, o contra las estribaciones claras y oscuras de los Andes? ¿Cómo no hay quién se impregne de tantos volcanes que la vista abarca –a veces– de una sola mirada? ¿Cómo alguien no gira en redondo para constatar que el mar y el cielo se funden en un solo firmamento? Y en estas preguntas, por cierto, constatar, impregnarse y hacer suyo el paisaje no significa copiarlo.

Cravero (1958) pinta paisajes desde siempre. Los aprehende y los interpreta en procesos unas veces más intelectuales que otros; los detalla, los abstrae, pero sin dejar nunca de citar la fuente en cada uno. Cambia la altura del horizonte y con ello prolonga o detiene la mirada; replica el cielo en el agua para que ésta fluya, o la opaca y así es la tierra la que se hace cargo de las nubes. Varía formatos y tamaños, encuadres, vistas generales, árboles solitarios, bosques apretados, un volcán contenido en un perímetro equilátero. Apunta y dibuja en cuadernos interminables, cual naturalista inveterado; luego traduce en telas y tablas los énfasis sensibles de sus afanosas transcripciones. O se instala con un soporte liviano a pintar del natural, o prepara una tela mayor y rememora instancias dramáticas; o inventa el cuadro, pues su imaginación no lo traiciona. Leonardo Cravero hace así suyo el paisaje de la Araucanía y nos permite percibir el sustrato emotivo sobre el cual éste se desglosa. Nuestra tierra, nuestro mar, nuestro cielo son distintos al hemisferio norte, al de Mr. Constable o Mr. Turner, al de M. Corot o M. Monet, al del Sr. Mir o el Sr. Rusiñol. Mas nadie, o casi nadie, los ha interpretado desde acá, a la manera de nuestros poetas. Nadie ha pintado algo como
El Océano Pacífico se salía del mapa. No había dónde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana.

ni tampoco
Quien no conoce el bosque chileno, no conoce este planeta. De aquellas tierras, de aquel barro, de aquel silencio, he salido yo a andar, a cantar por el mundo.

como lo ha escrito Neruda. Ni como Zurita:
Y entonces erguidas como si un pensamiento las
moviese desde los mismos nevados desde las mismas
piedras  desde los mismos vacíos comenzaron su
marcha sin ley las impresionantes cordilleras de Chile

Leonardo Cravero ha vuelto al paisaje en terreno, allí donde el mapa no es el territorio; allí donde solo la percepción permite registrar la atmósfera, donde el brillo o la penumbra cambian con el soplo de una brisa, decantan luego en la quietud, y vuelven a desplazarse al levantar ese aire que ahora nos hiela el rostro. Allí donde la borrasca da vuelta el cielo y las nubes estallan como olas sobre la mirada sobrecogida. Porque eso que está allá afuera solo puede entrar al cuadro desde afuera y para ello hay que salir, dispuesto a hacerlo suyo como a sucumbir en el asombro, confiando en uno mismo pero temiendo a Dios. El paisaje es la vida y es la muerte y nuestro tránsito por él demanda respirar su atmósfera, aun en el sueño, para percibir sus atributos, su identidad inmanente, pues solo así sabremos quiénes somos e incluso, por qué hacemos lo que hacemos – por qué pintamos. Quizás Leonardo Cravero recién inicia el camino y su trayectoria previa no hizo sino guiarlo hasta este umbral que acaba de trasponer, desde donde ahora observa sin aquilatar aún cuánto ya ha visto, cuánto le falta por ver, cuánto va alcanzar a ver. Pero ya está afuera, clamando ante el paisaje cual poeta telúrico. 

Mario Fonseca V. (1948) es artista visual, crítico de arte y curador, y asimismo diseñador, editor y escritor.

La exposición Registros Atmosféricos de Leonardo Cravero estará abierta al público desde el 1 al 30 de Octubre de este año en la Galería de arte del Museo Nacional Ferroviario Pablo Neruda, en Temuco, y del 7 de Noviembre al 7 de Diciembre en el Museo de Arte Moderno de Chiloé, en Castro.

(4) Humedal. Reflejos de orillas bajo un cielo incoloro (2015), óleo sobre tela (20 x 60 cm) © Leonardo Cravero G. 

Leyenda Imágenes
(1) Pino Solo. El mutuo asombro de encontrase juntos (2015), óleo sobre madera (35 x 54 cm) © Leonardo Cravero G.
(2) Convergencias en el Toltén. Todo se toca, todo se desliza (2015), óleo sobre tela (90 x 120 cm) © Leonardo Cravero G.
(3) Atmósfera en erupción. Fusión gutural de Dioses expectantes (2015), óleo sobre madera (35 x 35 cm) © Leonardo Cravero G.
(4) Humedal. Reflejos de orillas bajo un cielo incoloro (2015), óleo sobre tela (20 x 60 cm) © Leonardo Cravero G. 

 
 

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