“Parque” Agustín Ross · Pichilemu, Chile

LOF·drone para LOFscapes
(Video: Camila Romero I. / Edición y Fotografía: Verónica Aguirre L. y Camila Romero I. / Texto: Romy Hecht M.)
26.01.2016


El llamado Parque Agustín Ross de Pichilemu exhibe una problemática central del paisaje: ¿se puede llamar parque a un sitio urbano sólo porque es abierto, público y plantado?
 

Históricamente el parque ha sido reconocido como un sitio articulador de grados de habitabilidad urbana, al posicionarse como un espacio abierto de contemplación, de recreación pública y de mitigación de problemas sociales. En tal sentido, si con el tiempo el jardín se ha transformado en un laboratorio de horticultura doméstica para disponer especies exóticas y plantas con injertos e hibridaciones de formas, tipos y colores, el parque se ha convertido en una oportunidad para incorporar árboles, pastos y arbustos que emergen como una oposición tangible a los rigores de ciudades sobrepobladas y grises.

Frente a lo expuesto, los parques son sitios urbanos complejos que han sido –y seguirán siendo– diseñados y construidos muchas veces a lo largo del tiempo. Como resultado, estos sitios contienen una colección de trazas –geológicas, programáticas, botánicas y arquitectónicas– de sus historias previas, articuladas entre sí y contribuyendo a su condición espacial actual. Ahora bien, uno de los aspectos más dinámicos de los parques es el modo en que la sociedad los ocupa, lo que a su vez refleja potenciales conflictos entre las aspiraciones de una comunidad y las intenciones de sus diseñadores.

Dentro de este relato, el así llamado Parque Agustín Ross de Pichilemu es sin duda una anomalía. Nada aparte de algunas de sus palmeras Phoenix canariensis centenarias ofrece un relato de su proceso de transformación a partir de 1885, año de su inauguración, probablemente bajo la figura de jardín público del ex Casino homónimo. Más importante aún, nada aparte de la plantación mencionada –que refleja la intención decimonónica de preservar especies nativas– da cuenta de algún grado de intencionalidad en su diseño. ¿Cómo llegó el sitio a ser lo que es hoy? ¿A qué redes urbanas se encuentra asociado y cómo? ¿Cual es la naturaleza de sus bordes? ¿Cuales son los grados de persistencia de su estrategia organizativa? La incapacidad de responder a estas preguntas es una señal clara de que quizás deberíamos empezar a hablar de este sitio como jardín municipal antes que como parque.