Parques, Restauración Socioecológica y Minería: una Respuesta a la Indeterminación

Daniela Arriaza B. para LOFscapes
11.10.2016


Estadísticas al año 2013 indicaban la existencia de más de 520 minas abandonadas a lo largo del país, representando un peligro por su potencial contaminante y las bajas condiciones de seguridad en lugares frecuentados por turistas y vehículos. La columna de esta semana aborda cómo faenas mineras en desuso y próximas a asentamientos urbanos o enclaves de valor ecológico han emergido como zonas de alto potencial de desarrollo en su capacidad de constituirse en espacios abiertos y públicos capaces de revertir su caracterización negativa.
 

Entre los ámbitos de acción asociados a la transformación de territorios afectados por problemáticas de carácter espacial, social, económica y medioambiental derivadas de los impactos del desarrollo de actividades necesarias para el sustento de la vida moderna, la minería establece una problemática clave: la situación de los territorios abandonados tras la extracción minera. Esta temática no se remite únicamente a una cuestión medioambiental o de salud, sino también a una profundamente ligada al habitar de variados asentamientos y enclaves de valor ecológico de nuestro país. De hecho, resulta interesante que entre los catastros confeccionados por el Servicio Nacional de Geología y Minería (SERNAGEOMIN, 1) se distingan como usos que lugareños hacen de faenas abandonadas los siguientes: los rajos son utilizados como lagunas durante el verano, las galerías se convierten en refugios para ciclistas y los montículos son utilizados para la recreación infantil.

El panorama potencial de ocupación de faenas abandonadas ofrece, sin duda, una oportunidad para formalizar — en el sentido más amplio de la palabra — usos espontáneos a partir de una propuesta de diseño. Pero se trata igualmente de una posibilidad por diversificar la trayectoria del paisaje de modo que no sólo se resuelva la deuda generada por el pasivo ambiental minero, sino que la restauración socioecológica integre también a estos sitios a partir de la configuración de escenarios potenciales de utilización que hacen sustentable y sugerente la creación de programas asociados a estas áreas.

En este contexto, la figura del parque como espacio libre complementario al uso residencial o como reserva territorial emerge naturalmente como una respuesta de intervención. Ahora bien, no se trata de convertir cada faena minera abandonada o paralizada en un parque, sino de identificar el potencial que muchos de estos sitios presentan para ser restaurados en paralelo a la habilitación de programas que reclamen los espacios que cumplieron el ciclo minero hasta su caducidad.

En términos generales, un parque es un punto de confluencia, el lugar de encuentro entre los ciudadanos y su entorno, sirviéndose y actuando como soporte de las infraestructuras de la ciudad. Esta reciprocidad denota tanto su carácter de mediador entre elementos naturales y antrópicos, como de ordenador estratégico de planificación. En su libro El Jardín de la Metrópoli, Enric Batlle señala: “Conceptualmente, se considera que los parques son un trozo limitado de naturaleza introducida en la ciudad, una naturaleza que no puede ser la misma que la de partida debido a los evidentes inconvenientes del traslado, del cambio de escala o a la necesaria abstracción que tiene que producirse con relación a la fuente de inspiración” (2).

La singularidad que presenta un proyecto de restauración socioecológica lleva a plantear una última función del parque hoy: su potencial de convertir en recurso el residuo. El marco de intervención corresponde, tal como describe Quim Rosell, a “... terrenos a los que no se les asigna otra cualidad específica que la indeterminación” (3). Es por esto que a las funciones anteriores del parque — proveedores de recreación activa y pasiva, de servicios ambientales, infraestructura y hábitat — se suma su rol como elemento conciliador entre un pasado desgastante y un futuro que demanda del territorio todo lo anteriormente mencionado. Particularmente, esta característica llama a comprender al parque como un proceso o fenómeno más que como un espacio acabado u objeto, planteando el desafío de resolver, además de las temáticas propias del diseño arquitectónico, cómo funciona cada componente del parque (desde la estabilización físico-química hasta sus restricciones de uso) y éste en su generalidad (etapas de sucesión que permitan subsanar las problemáticas en paralelo a crear un entorno sugestivo), para dar lugar a un nuevo modelo de espacio libre sostenible. Este nuevo modelo ampliaría la oferta programática del sector en el cual se ubica, explorando las posibilidades que presentan los paisajes post-industriales para acoger nuevos usos.

La visión arquitectónica sensible y la relación del territorio con su historia pueden potenciar el carácter del lugar, abordando problemáticas relativas a desafíos visuales, de escala y de seguridad física y química que en otros territorios difícilmente existirían. Así, en un territorio degradado, la creación de nuevas ecologías no sólo responderá a las preexistencias, al entorno y a la abstracción, sino también a la capacidad de la flora, fauna y elementos abióticos de entregar servicios ecológicos restaurativos para el ámbito. Siguiendo esta línea, el diálogo entre ciudadanos y espacio libre tendrá entre sus elementos el tópico de la actividad que degradó el lugar y la manera de re-significarla para incorporarla dentro del programa del parque. Por último, y debido a que los paisajes configurados post actividades mineras escapan de los ritmos urbanos presentes, las operaciones de su incorporación al territorio en el cual se emplazan suponen también una diferencia con respecto a otros modelos de parques, planteando la necesidad de incorporar infraestructuras coherentes con la situación.

A esta capacidad del proyecto de arquitectura del paisaje de constituirse en una serie de operaciones restaurativas, más que proponer un objeto acabado Batlle le da el nombre de “entornos con valor añadido” y señala con respecto a ellos que “... aspiran a ser algo más que unas correcciones ambientales bien realizadas: quieren tener sentido por sí mismos, convertirse en un hecho paisajístico superior a la intervención concreta que acompañan. Se trata de actuar con energía con los materiales propios del paisaje, evitando el desastre y diseñando la naturaleza con la confianza de que se está buscando un mundo mejor” (4).

Estos paisajes indeterminados, muchas veces naturalizados como geografía, no sólo presentan el desafío de ser identificados en torno a su potencial para revertir mediante el proyecto de paisaje; su inevitable trayectoria al declive. También plantean la necesidad de cuestionar, en un país con tan extensos vestigios de la minería histórica, cuántos paisajes más se encontrarán en el futuro con la necesidad de ser “re-hechos” y qué estamos haciendo desde las distintas disciplinas para generar marcos de intervención que hagan factibles, propuestas que harían de un paisaje degradado un lugar con un nuevo sentido, que supera ampliamente los perjuicios alguna vez generados.

Daniela Arriaza es Arquitecta de la Universidad de Chile (2016). Esta columna es un extracto del Seminario de Investigación y de la Tesis de Título “La Noción de Parque como Plataforma para la Restauración Ecológica de Paisajes afectados por Minería”, ambos guiados por Osvaldo Moreno F. 


Notas:
(1) SERNAGEOMIN, Catastro de Faenas Mineras abandonadas o paralizadas (2007).
(2) Enric Batlle, El Jardín de la Metrópoli: del Paisaje Romántico al Espacio Libre para una Ciudad Sostenible (Barcelona: Gustavo Gili, 2011), p. 23.
(3) Quim Rosell, Después de / Afterwards. Rehacer Paisajes (Barcelona: Gustavo Gili, 2009), p. 6.
(4) Batlle, p. 173.

Leyenda Imágenes:
(1) Intervención de Compañía Minera Dayton en un relave minero abandonado por terceros en Andacollo. Las empresas mineras en búsqueda de la licencia social para operar trabajan en la detección de puntos de contribución a la mejora de la calidad de vida de las comunidades cercanas a sus faenas © Daniela Arriaza B. para LOFscapes
(2) Análisis de cinco puntos que indicarían el potencial de restaurar una faena minera a través de la arquitectura del paisaje. Fuente: www.mch.cl, modificada por el autor © Daniela Arriaza B. para LOFscapes
(3) Mina La Lomita, Cuesta Lo Prado, Región Metropolitana. Ejercicio de exploración de las posibilidades de habilitar espacios con suelos en proceso de restauración © Daniela Arriaza B. para LOFscapes
(4) Algunas ciudades que actualmente cuentan con relaves mineros abandonados o paralizados en Chile © Daniela Arriaza B. para LOFscapes
(5) Ejercicio de representación conceptual de los elementos a reconocer en una mina para su restauración a través de la plataforma de parque © Daniela Arriaza B. para LOFscapes