Al Pie del Cielo - Los Nuevos Horizontes de Pablo Valenzuela

Mario Fonseca para LOFscapes
22.11.2016

 


Nuestro columnista invitado, Mario Fonseca, nos presenta de manera exclusiva el texto que acompañará la futura publicación del fotógrafo Pablo Valenzuela sobre su más reciente exposición Habitar la Inmensidad: Patagonia, abierta hasta el 10 de Diciembre en Ekho Gallery.


c. 1828

Como en ocasiones semejantes, empiezo por recordar una breve conversación con el teórico Ronald Kay, cuyo emblemático libro Del espacio de acá (Editores Asociados, 1980) contribuí a publicar. Me decía él que no existe una tradición del paisaje chileno en la pintura; que el paisaje chileno se reconoce más en la poesía que en la pintura. Es cierto, hay en la poesía chilena un testimonio luminoso y remecedor de nuestro paisaje — Mistral, Neruda y Zurita basten para ilustrarlo. Mas ello no opaca el registro perseverante de nuestra geografía que inician los dibujantes naturalistas de las primeras décadas de la República, como el inglés Conrad Martens, que acompaña a Darwin en Chile, o el alemán Moritz Rugendas, que colabora a su vez con el francés Claude Gay, otro gran dibujante. No obstante, estos registros responden antes a la observación acuciosa que a la percepción emocional del territorio.

La tradición del dibujante viajero la recogen, ya en la segunda mitad del siglo XIX, los fotógrafos europeos que se avecinan en nuestro país, primero en Valparaíso, adonde llegan los pioneros, y luego de Valdivia al sur, en la colonización iniciada por Bernardo Philippi en 1845 y continuada por Vicente Pérez Rosales en 1852, para culminar treinta años después con otra colonización menos feliz organizada por el gobierno de Domingo Santa María, con el fin de poblar de europeos la recién “pacificada” Araucanía. El guano y luego el salitre también serán motivo para la llegada de fotógrafos de estudio y de exteriores en el norte. Sin embargo, poco les interesa a todos ellos el paisaje natural y el territorio deshabitado, a cambio del retrato en el estudio o la consignación de pueblos y ciudades, ingenios y transporte de bienes. Registran así a la sociedad y sus emprendimientos, junto con documentar excepcionalmente horizontes naturales o a los habitantes originarios que pudieron sobrevivir las ocupaciones. No obstante, y citando a Verónica Aguirre en Lofscapes.com, ciertos lugares de nuestro paisaje pasan a ser ‘emblemáticos’ por su registro reiterado, como el Salto del Laja, fotografiado desde el siglo XIX, entre otros por Félix Leblanc y Obder Heffer, y hasta mediados del XX por Domingo Ulloa o Antonio Quintana, todos fotógrafos antes sociales que paisajísticos.

En la Patagonia austral, de Chiloé a Tierra del Fuego, son los geógrafos, naturalistas y antropólogos quienes primero emplean la fotografía para referir sus recorridos y descubrimientos. Destaca la expedición científica de La Romanche, navío francés que se instala de 1882 a 1883 en la bahía Orange, al norte del Cabo de Hornos, en pleno territorio yagan. Su registro no es solo exhaustivo en sus temáticas sino honesto en sus propósitos, a diferencia de las fotografías de Maurice Maître, con fueguinos exhibidos en zoológicos humanos en Europa, o las de Julius Popper, con fueguinos muertos para ofrecer sus servicios punitivos a los estancieros ovejeros. El dramático paisaje patagónico, sin embargo, tampoco fue fotografiado entonces, si bien antes, poco más de medio siglo atrás, en junio de 1828, éste fue descrito en el diario de un navegante:

“Nada puede ser más lúgubre que la escena a nuestro alrededor. Las elevadas, sombrías y estériles alturas que rodean las inhóspitas orillas de esta ensenada están cubiertas en sus paredes, de arriba abajo, por densas nubes, sobre las cuales golpea la feroz borrasca que nos ataca, mas sin alterarlas (……) El clima es ése en que ‘el alma del hombre muere en él’.”

El autor de esta breve entrada, el capitán inglés Pringle Stokes, comandaba el bergantín Beagle en su primer viaje por los canales australes. Fue tal la intensidad del paisaje para Stokes, que le sobrevino una depresión y se quitó la vida mes y medio después de escribir estas líneas. A continuación asumió el mando del Beagle el capitán Robert FitzRoy, quien en 1832 efectuó el segundo recorrido por los canales patagónicos con Charles Darwin a bordo.  


La Patagonia, aún inédita, ha sido por siglos el depósito de utopías y mitos no resueltos. El propio gigante ‘Patagón’, imaginado en una novela de caballería publicada en 1512, fue asociado con los tehuelches apenas Fernando de Magallanes hizo el primer contacto con esta etnia, en 1520, y terminó por dar su nombre al territorio. Algo semejante ocurrió con El Dorado o la Ciudad de los Césares, que figura con toda precisión en un mapa francés de 1867 en plena pampa argentina, a la altura de nuestro volcán Yates. Herman Melville, Jack London, Antoine de Saint-Exupéry, Paul Theroux y Bruce Chatwin multiplicaron la leyenda de la Patagonia, al igual que Julio Verne, quien le dedicó dos novelas a un territorio que nunca visitó… Todos escritores. Y de los exploradores y viajeros, antropólogos y naturalistas, quien toma las primeras fotografías eminentemente geográficas de la Patagonia viene a ser el misionero salesiano Alberto de Agostini, recién a partir de la década de 1910.

c. 1993

Pablo Valenzuela, ingeniero civil recién titulado, asumió con entusiasmo subirse a distintos camiones y acompañar a los choferes en sus recorridos por el país, para fotografiar el viaje y contar sobre el personaje, en artículos que publicamos en una revista sobre camioneros, Los Tigres de la Ruta, para la empresa Esso. También viajó y fotografió para otra revista a cargo nuestro, Club, del Automóvil Club. Finalizaba entonces, en Diseñadores Asociados, una larga década dedicada a revistas para audiencias cautivas, que empezó con Mundo Diners Club, luego se sumó Señal, para Unysis, y culminó con Mercado & Publicidad y Gourmand, ambas revistas propias. Estábamos a mediados de los ‘90, y fue poco después cuando Pablo Valenzuela empezó a publicar sus libros sobre el paisaje chileno. Hasta hoy.

Veinte años y una decena de libros después, Pablo Valenzuela presenta una selección de sus fotografías tomadas en la Patagonia de las pampas, que titula con pertinencia Habitar la Inmensidad. Viene de vuelta de registrar perseverantemente nuestro paisaje geográfico, en sus latitudes y sus alturas, en sus estaciones y sus horas. Para acometer lo suyo, como versaba Machado, “se hace camino al andar”, pues nada está previsto, solo apenas intuido, y la luz que asoma en el momento que se supuso preciso será siempre una sorpresa. La anticipación de llegar ahí es lo que primero gratifica; la espera final es el momento de plenitud, precedido por la instalación del equipo, la caminata del último tramo, el azaroso viaje inicial, el mapa sobre la mesa, la decisión de partir, todo aquello que retroactivamente culmina en esa sorpresa es lo que le da sentido a su actividad. Como en los juegos del amor, como en la seducción y el romance, la culminación es el fin, pero es a su vez la muerte de todo lo previo, de aquello que estimuló y movilizó nuestra voluntad. La foto se toma, se guarda o se publica, pero lo que más trasciende de ella es que incita a tomar la próxima, a reanimar de nuevo el proceso, a subir por otra huella, descolgarse por otro risco, observar los movimientos del sol, de la luna, de la marea, del viento, asignar el emplazamiento y volver a esperar, esperar largamente hasta tomar la nueva foto, y luego volver a empezarlo todo para tomar la siguiente. Inserta en el paisaje, en la geografía, en la naturaleza, en la vida como aún pudo ser.

En sus fotografías culminantes Pablo Valenzuela es deudor de una tradición, la que inició De Agostini. Replegándonos hacia el blanco y negro de los orígenes, aunque sin ser exhaustivos, podemos destacar a Roberto Gerstmann y su generoso registro geográfico y cultural de nuestro territorio, o el silencioso trabajo de Eric Bertens en sus vistas de la Cordillera, así como a los fotógrafos multitemáticos Bob Borowicz u Horacio Walker, que, impactados por la geografía, se descuelgan de sus estudios para registrar el paisaje. O al propio Luis Poirot y sus monumentales roqueríos, desglosados de sus retratos y escenas urbanas habituales, siempre en el mismo blanco y negro que ocupara Sergio Larraín en su pionero libro Chile, publicado en 1961 en Suiza, el que incluye vistas abiertas de nuestra geografía además de involucrar a sus habitantes. La publicación de libros de paisajes (y sus versiones abreviadas, los calendarios) surgida a partir de la segunda mitad del siglo XX, aporta — ahora en color — autores como Norberto Seebach, Jack Ceitelis, George Munro, Eugenio Hughes y Mariana Matthews, con su Selva Fría valdiviana, y más cercanamente Guy Wenborne con su Chile de lo Alto — el territorio fotografiado desde el cielo — y Alan Warren con sus Norte y Sur, registrados en sucesivos viajes en bicicleta. En otro plano, fotógrafos naturalistas como Thomas Daskam, Nicolás Piwonka y Antonio Larrea, y luego Jean-Paul De la Harpe y Thomas Kramer, entre otros, junto a Diego Araya directamente en la Patagonia, también registran con frecuencia planos generales del paisaje además de documentar la flora, fauna y fungi chilenas. Fotonaturaleza.cl y Laderasur.cl terminan de dar cuenta del estado de la fotografía de estos ámbitos al día de hoy.

Los paisajes de Pablo Valenzuela aportan sesgos propios en el contexto de esta expansión de la fotografía geográfica surgida durante la década de 1990, precisamente cuando él se compromete con ese lenguaje documental y expresivo. Al punto que podríamos dividirlos en dos, abarcando cada mitad una década de su actividad. Primero, la pesquisa del paisaje natural en sus máximas posibilidades, el recorrido de esos 4329 km que desplaza nuestro país de Arica a Magallanes, incluida su proyección a las islas oceánicas. Visto ahora, el propósito de esa etapa persistente y exhaustiva pareciera ser el merecimiento de la Pacha Mama y del Wenu Mapu, la aprobación telúrica en cuanto cronista visual de sus perímetros, sus materias y sus intensidades. En su segunda etapa, la de estos últimos diez años, Valenzuela decide incorporar al habitante — y su esperanza: a quien empieza por arrogarse el dominio del territorio y luego comprende que solo su inserción armónica en él le permitirá permanecer a su amparo.

c. 2016

Nuestra Patagonia esencial es aquella que, según Hans Steffen, se despliega del sur del Biobío al Cabo de Hornos, por la vertiente occidental de la Cordillera de los Andes, y cuya característica principal respecto a la argentina la constituyen las islas, canales y fiordos de su perfil hacia el Océano Pacífico — el mismo que tanto trastornó a Pringle Stokes. En un momento dado, pasada la Trapananda de Aysén, la Cordillera empieza a desplazarse hacia el Océano, con lo cual se abren hacia el este las vastas pampas que luego se integran con las que bajan desde el norte de la Patagonia argentina. Es aquí donde el cielo y el viento se toman el territorio, donde el firmamento comprime el horizonte hasta convertirlo en un apretado trazo al pie de su discurso omnipotente, una línea caligráfica que debe sostener sobre ella el agua condensada de monumentales nubes de grises inverosímiles.

Cuando se viene de vuelta de una vida en el territorio — y tomemos una vida como se mide una generación, esto es, 25 años — lo que se empieza a decir cambia porque lo que se viene viendo ha cambiado. Pablo Valenzuela opta así por exponer sus nuevos horizontes en blanco y negro no porque hoy su mirada sea distinta, sino porque hoy su mirada incorpora todo lo que lleva visto en una vida. Y todo ello lo condensa, condensa la morfología multidimensional de la geografía que ha recorrido, el arcoiris de los colores que lo han deslumbrado, la tangibilidad de la materia que lo ha sostenido y seducido, todo lo remite a la inmensidad de esos cielos y lo rezuma en la gama infinita de grises que van de la transparencia luminosa a la densidad infranqueable de las nubes australes. Al pie de este monumental firmamento que a veces parecieran estar a punto de estallar, temeroso a la vez que agradecido de Dios, el hombre persiste en sus entelequias, intentando vivir bajo tanto portento.

Wall Mapu, octubre 2016

Mario Fonseca (1948) es artista visual, crítico de arte y curador, y asimismo diseñador, editor y escritor.

La exposición de Pablo Valenzuela estará abierta al público hasta el 10 de Diciembre del 2016 en la Galería Ekho (Merced 349, L.12 · Santiago), de Lunes a Viernes entre las 10:00 y 19:00 hrs. y el Sábado entre las 10:30 y 14 hrs.


Leyenda de Imágenes
(1) Andes Patagónicos (1945) © Alberto Maria De Agostini
(2) Terre Magellaniche Film (1933) © Alberto Maria De Agostini
(3) Tronador (1945) © Alberto Maria De Agostini
(4) Salto del Laja (1895) © Félix Leblanc
(5) La Romanche y canoa yámana (c.1883) © Autor Desconocido
(6) Kawéshqar (c.1948) © Roberto Gerstmann
(7-8) Carte de l´Amerique de Sud (c.1876) © Martin de Moussy
(9-10) Patagonia (2015) © Pablo Valenzuela