El Año en que [Nuevamente] Vivimos en Peligro

Romy Hecht M. para LOFscapes
19.04.2016

 

Hace un año relataba, en esta misma sección de LOfscapes, cómo una secuencia de eventos naturales delataba nuestra incapacidad de asumir la planificación territorial y urbana a largo plazo. Hoy publicamos la misma columna del 2015, cambiando sólo las fotografías que la encabezan y que esta vez muestran a un sector de Santiago paralizado por lluvias otoñales que no sólo permitieron la inundación de un sector de la comuna de Providencia, sino también de viviendas, rutas y autopistas.
 

A la fecha estoy segura que todos han visto las sobrecogedoras imágenes de distintas secciones de Chile sumergidas bajo el agua, barro, humo y fumarolas. Todas ellas dan cuenta de cómo estamos siendo superados en cámara lenta por una secuencia de eventos naturales de proporciones.

A la obvia desesperación de habitantes clamando por ayuda económica y humana para controlar, evacuar y/o despejar las áreas afectadas, se suma la devastación de los gobiernos locales y central, que han debido gastar montos desconocidos a la fecha para movilizar tropas militares, policiales, forestales y civiles para regular la evacuación de la población, combatir focos de peligro activos y comenzar labores de despeje que permitan iniciar un proceso de reconstrucción, el cual supondría una inversión igualmente indeterminada.

Dado que el gasto es ineludible y que no hay opinión –verbal o escrita– que no haya vociferado la necesidad de transformar la Oficina Nacional de Emergencias, de fortalecer el rol de los gobiernos locales y central en las fases de reconstrucción, de actualizar los mecanismos para definir zonas de riesgo y de –por supuesto– crear comisiones consultivas de expertos, me parece que el meollo del asunto no está en cómo solucionar tragedias puntuales a las que siempre estaremos sometidos dada nuestra peculiar configuración geográfica, sino en cómo guiar su enfrentamiento en un país que se ha construido sin considerar la condición dinámica de su territorio.

En tal sentido, lo primero que habría que asumir es que dicha construcción no debiera ser puntual ni contingente ni meramente paliativa, sino el resultado de la asociación funcional entre sistemas naturales y proyectos estratégicos en torno a la transformación de sitios, urbanos, complejos y relevantes. Se trata entonces de articular la ocupación territorial en base a la idea de proceso, uno que es abierto, dinámico y extendido en el tiempo y que más que una aproximación puramente compositiva demanda tres cambios significativos en la manera de enfrentar nuestra condición territorial:

1. Identificar, describir e interpretar sistemas pre-existentes. Ello supone reemplazar la organización de la institucionalidad basada en una oficina central a cargo de emergencias por una organizada en base a la distinción de configuraciones geomorfológicas específicas. En tal sentido, es necesario superar las divisiones político-administrativas y articular la conectividad, funciones ecológicas y programas de ocupación de, por ejemplo, áreas sometidas a períodos extensos de sequía que al tener suelos de composición fina e impermeable suelen estar afectas a aluviones y marejadas, y de áreas sometidas a riesgo inminente frente a movimientos telúricos o erupciones volcánicas, entre otros.

2. Reforzar la investigación de patrones de transformación de los sistemas. Ello supone la construcción de inventarios tanto ecológicos como de intereses económicos, de cambios demográficos, de localización de recursos y de niveles de toxicidad, entre otros, cuestionando cómo y porqué se ha llegado al estado presente. Ello permitiría la elaboración de un catastro no sólo de áreas de riesgo, sino también de potenciales sitios de intervención y expansión a partir del entendimiento de las fuerzas interactuando en un sitio, revelando así su trayectoria hacia una condición futura.

3. Cambiar el verbo mitigar por anticipar. Si se logra entender que la ocupación territorial es un proceso evolutivo, entonces se entenderá también que su diseño implica anticipar y acomodar crecimiento, evolución y adaptación frente a perturbaciones inesperadas o nuevos programas de uso y eventos, formulando como resultado objetivos de transformación y no tan solo de mitigación que vuelven a crear una visión unitaria para una forma final preconcebida.

No nos sirven ya los “servicios” u “oficinas” nacionales. No nos sirven ya los “presupuestos de emergencia” ante catástrofes. No nos sirve ya la planificación urbana ni los planes reguladores tal cual como los conocemos. No nos sirven ya autoridades y privados culpándose unos a otros sin establecer acciones de coordinación a largo plazo.

Necesitamos entender a Chile como un proyecto complejo, uno que es más que campo y ciudad, cordillera y mar, pampa y desierto: es el resultado de una articulación de sistemas ecológicos diversos, de infraestructura ya construida y de una memoria histórica y colectiva.

Necesitamos entender a Chile como un proyecto complejo que debe ser capaz de articular relaciones entre usos establecidos y futuros urbanos imaginados, de crear nuevos paisajes donde no hay “espacio oficial” para ello y de constituir modelos de urbanización y de reconversión de ecologías urbanas en desuso, estableciendo epistemológica y técnicamente una estructura base capaz de definir mejores lógicas de transformación de las formas urbanas.

Leyenda Imágenes:
(1-4) Inundaciones en Santiago (17 Abr. 2016) © 24 Horas.cl