Cementerio de Punta Arenas, la Blanca Geometría

Pablo Valenzuela Vaillant para LOFscapes
26.04.2016


Nuestro columnista invitado, el fotógrafo Pablo Valenzuela, nos convoca con su narrativa escrita y visual a descubrir o a volver a mirar uno de los paisajes más nítidos de la Región de Magallanes, el Cementerio de Punta Arenas.
 

Al sur del mundo, donde Chile llega casi a su fin y el continente americano encuentra su punto más austral en tierra firme –el cabo Froward– aparece un lugar legendario. El Estrecho de Magallanes, aquel mítico canal que une los dos océanos, discurre entre bosques, estepas y montañas, y crea el escenario natural para una ciudad única.

Sobre los lomajes que caen al mar, Punta Arenas trepa con sus techos de colores hasta perderse en los bosques australes. La ciudad conserva un patrimonio notable, no sólo visible en los grandes palacetes que hablan de un pasado próspero, sino también en las diversas tipologías que denotan una marcada identidad patagónica. Desde las más sencillas hasta las más elaboradas, las casas y edificios de la ciudad conforman un todo armónico.

Son varios los hitos que dan carácter a la ciudad y uno de los más llamativos es, sin duda, el cementerio. Creado en 1894, su belleza es reconocida incluso fuera de nuestras fronteras. Sus avenidas de cipreses, prolijamente podados, configuran un laberinto fascinante a través del cual se descubre la historia de Magallanes. No sólo sorprende la ornamentada arquitectura de los mausoleos, sino también las lápidas que llevan inscritos los nombres y orígenes de los colonos venidos de otras latitudes. Croatas, ingleses, alemanes, españoles y tantos otros dieron una impronta especial a este rincón del fin del mundo.

Existen muchas historias y mitos sobre este cementerio, como aquella en que Sara Braun donara el pórtico monumental con la condición de que ella sería la única persona fallecida que pasaría por ahí. Lo cierto es que hoy ese ingreso se encuentra clausurado y todo visitante debe ingresar por una puerta lateral.

Desde la entrada, el cementerio sorprende. Luego de traspasar el pórtico y el muro perimetral, se abre un espacio central que genera una suerte de anfiteatro al cual concurren los mausoleos más elaborados. Aunque a primera vista lo que más llama la atención es esta pequeña y decorada plaza pública, una segunda mirada nos lleva a descubrir el intrincado recorrido que genera múltiples perspectivas y ángulos.

Llegar hasta aquí cada amanecer es alucinante. La primera luz cálida que se adivina sobre el estrecho, poco a poco se va apoderando de los pináculos de los mausoleos que sobresalen sobre el denso muro de cipreses. Más tarde, la luz cobra fuerza en las superficies planas de los mausoleos y genera un atractivo recorte de sombras sobre el blanco imperante.

Sumergirse en el silencio de este laberinto es una aventura para la creación. Más que un descubrimiento visual de la historia del confín del mundo, es una experiencia estética. Un viaje a lo más abstracto, a la textura, a la materia, a la belleza de lo simple.

La fotografía –el arte de dibujar con la luz– encuentra aquí un espacio cautivante. Las formas geométricas de las construcciones, en contraste con las siluetas perfectas de los cipreses y el juego de luces y sombras, describen un paisaje de escasos elementos figurativos y cromáticos. La fotografía minimalista en su máxima expresión.

El cementerio motiva a perderse por horas e incluso días en busca de aquella imagen que transmita esta sensación de silencio y retiro. Parece un viaje sin límites, pues cada esquina, cada rincón, nos regala un nuevo encuadre.

En la Patagonia la luz es protagonista. No sólo están sus nubes lineales y cielos dramáticos –producto de las condiciones climáticas siempre muy cambiantes– sino también la forma inclinada con que ella incide. Esta condición se hace más intensa con la llegada del invierno; los días se acortan y la luz se hace cada vez más tenue y rasante. El fenómeno cobra mayor fuerza a medida que aumenta la latitud y es por esto que en la Patagonia el día dura escasas horas y el sol ilumina suavemente desde el norte.

La geometría del instante encuentra en el cementerio de Punta Arenas un lugar único. Con todo, un panorama muy inspirador.

Pablo Valenzuela Vaillant (Santiago, 1964). En 1992, casi tres años después de haberse titulado de Ingeniero Civil en la Pontificia Universidad Católica de Chile, tomó la decisión de dedicarse a tiempo completo a su gran pasión: descubrir, conocer y fotografiar el patrimonio natural y cultural de Chile. Su trabajo ha sido ampliamente difundido tanto en proyectos editoriales como en exposiciones. Para el autor, la fotografía no sólo es una expresión artística en la que ha definido su propio estilo, sino también una forma de dar a conocer y poner en valor la identidad de Chile <www.pablovalenzuela.com>

Leyenda Imágenes:
(1-10) Cementerio de Punta Arenas © Pablo Valenzuela V. para LOFscapes