Reclamando Sitios para Santiago

FUTURIZA: PANORAMA Y MATERIA
Paula Aguirre B. para LOFscapes
24.07.2018


Desde la rápida expansión de la ciudad de Santiago en la segunda mitad del siglo XX, al parecer, ya no hay espacio para el paisaje en nuestras ciudades. Autores nos han ofrecido respuesta declarando a aquellos sitios posindustriales obsoletos y contaminados como nuevas posibilidades para la construcción de parques. Pero, en un contexto local carente de dicha intensidad productiva manufacturera, urge preguntarse cuáles son efectivamente nuestros sitios vacantes para el paisaje en la ciudad contemporánea. Cuáles son los sitios que Santiago reclama o puede reclamar hoy. 

Since the rapid expansion of the city of Santiago in the second half of the twentieth century, apparently, there is no longer space for the landscape in our cities. Authors have offered us an answer declaring obsolete and contaminated post-industrial sites as new possibilities for the construction of parks. But, in a local context lacking this productive manufacturing intensity, it is urgent to ask ourselves, what our vacant sites for the landscape in the contemporary city are? Which are the sites that Santiago claims or can claim today? 

 

En la segunda mitad del siglo XX, Santiago experimentó un explosivo incremento en su número de habitantes. El fenómeno adquirió la connotación de problema cuando la velocidad de esta transformación impidió a la urbe adaptarse, detonando una crisis de infraestructuras que experimentamos hasta la actualidad. Estas infraestructuras las entenderemos no exclusivamente como los ductos de servicios de agua, electricidad, entre otros similares, sino como el conjunto de elementos, dotaciones o servicios para el buen funcionamiento de una ciudad, en variados ámbitos y múltiples escalas (1). Dentro de ellas encontraremos al paisaje como un tipo de infraestructura. 

Las infraestructuras “verdes” clasificadas por las herramientas de planificación como áreas “verdes” y conformadas por los sitios abiertos destinados a albergar el paisaje “natural” en la ciudad, en las formas de parques, plazas, parques lineales y otros, no son ajenas a esta crisis. Mientras la OMS (Organización Mundial de la Salud) recomienda una superficie mínima de 10 m2 como un índice ideal para ciudades como Santiago, nuestra capital ronda cifras cercanas a los 4 m2. Debido a esta diferencia, gran parte de la discusión pública en torno a las infraestructuras verdes se ha centrado, bajo la mirada ambientalista y cuantificable que otorgan organismos como la OMS, en un problema de cantidad, lo que ha provocado que, actualmente, planes regionales y metropolitanos se centren únicamente en suplir este déficit. Al dejar fuera del argumento aspectos como la continuidad y escala de las piezas, inclusive la calidad en su diseño se reduce y simplifica la mirada que los ciudadanos tenemos respecto a las funciones que estas infraestructuras pueden cumplir en una metrópolis. En relación a la escala de los parques urbanos, el arquitecto del paisaje James Corner establece en el año 2007 en la publicación Large Parks, que la dimensión mínima requerida para que estos sitios aporten efectivamente a las necesidades relevantes de lo social, lo ecológico y lo simbólico, es de 500 acres (cerca de 202 hectáreas). Pero, de acuerdo a Corner, no sólo es necesario sumar metros cuadrados para lograr solventar esta labor, sino adicionalmente se requiere que, dentro de este parámetro, se logre situar al hombre urbano en un contexto que lo exponga física y mentalmente a un paisaje conformado mayoritariamente por elementos naturales (2). 

Mientras que en el siglo XIX los parques europeos se construyeron sobre predios de caza y terrenos reales, en el siglo XX los parques se fundaron sobre parcelas agrícolas en la periferia, que habían sido reservadas anticipándose al crecimiento de sus ciudades. Frente a estas dos maneras de construir paisaje en la ciudad, poco factibles en el contexto contemporáneo cabe preguntarse cuál es y será el origen de las piezas de gran formato para los nuevos parques, en ciudades cada vez más pobladas y extensas. Varias respuestas han surgido en las voces de autores como Alan Berger e Ignasi de Solá-Morales, apelando a que, así como el crecimiento acelerado de las ciudades reclama por disponibilidad de sitios, va a ser el propio carácter dinámico y cambiante de la urbe contemporánea el que va a arrojar respuestas a esta demanda de nuevos parques. Esto es, porque las mutaciones en los sistemas económicos y la expansión de las ciudades sobre su contexto ha propiciado la obsolescencia de múltiples sitios, ya sea por un programa que entra en desuso o por incompatibilidad de usos con respecto a su contexto inmediato. Estos sitios obsoletos de gran formato, en países desarrollados, tienden a coincidir con áreas postindustriales, un conjunto de piezas disímiles en morfología y función cuyo denominador común es haber pertenecido a una cadena productiva ahora obsoleta. Entre ellos, se cuentan sitios de extracción y manufactura, infraestructuras hídricas, de transporte e intercambio y por último áreas de desechos. Al quedar obsoletos y con ello vacantes para nuevos usos, abren paso a su ocupación como paisaje, tal como ocurre con Landschaftspark Duisburg-Nord en la zona industrial del Río Emscher en Alemania, The High Line sobre una antigua vía ferroviaria al sur de Manhattan y Fresh Kills en un antiguo relleno sanitario en Staten Island, entre otros.

En Santiago, al haber experimentado una industrialización más modesta y tardía, y una expansión más veloz que las ciudades europeas y norteamericanas, el carácter de los sitios obsoletos con oportunidad de reclamación es más bien mixto. Difícilmente se encontrarán huellas de metalurgia pesada o industrias petroquímicas. En contraposición es posible identificar un panorama de sitios asociados a la manufactura enlazados por el anillo ferroviario que limita la comuna de Santiago, áreas agrícolas, principalmente viñas, vinculadas por una red de canales en la precordillera, sitios de extracción de áridos asociados al lecho del Maipo y otros cursos de agua menores y canteras de piedra caliza propias de los cerros isla. Así, en el caso de Santiago, a pesar de tener una evidente carencia de infraestructuras “verdes,” no ha sido fácil materializar proyectos sobre estos sitios. Las razones se esgrimen desde múltiples aristas, que desde la perspectiva de Vittoria Di Palma, arquitecta autora de Wasteland a History, quedan contenidas en su condición de Wasteland: “Como tierra salvaje, se resiste a la civilización. Como tierra inútil, se resiste a las obligaciones. Cuando esta desolada y estéril se resiste a la domesticación. Como tierra común se resiste a la noción de propiedad privada y como parte de una economía casual o doméstica, se resiste a la regulación y cuantificación” (3).

El término, originalmente utilizado para referir a tierras hechas infértiles por un intensivo uso agrícola, ha encontrado en las piezas abandonadas por la producción, de acuerdo a Di Palma, nuevos territorios para significar. Es precisamente esta característica del wasteland, su resistencia a ser domesticada por la ciudad, la cual permite su transformación en nuevos parques. Su desgaste requiere a la arquitectura del paisaje, en diálogo con la ecología, para su reclamación. Acción de apropiación y resignificación que esperamos tome más fuerza en contextos locales. 

Paula Aguirre Brautigam. Arquitecta (2005) y Magíster en Arquitectura del Paisaje (2011) de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente compatibiliza el ejercicio independiente de la profesión en el ámbito de la arquitectura del paisaje con la actividad docente, impartiendo cursos en las líneas de paisaje y ciudad en pre y post grado en la Pontificia Universidad Católica y la Universidad Diego Portales.


Notas:
(1) Definición de la RAE, “Infraestructura”
(2) “Foreword” de James Corner en Czeniak & Hargreaves, Large Parks (NY: Princeton Architectural Press, 2008)
(3) Traducción de la autora. Cita: “As wild land, it resists civilization. As useless land, it resists commodification. When desolate and barren it resists domestication. As common land, it resists notion of private property, and as part of a casual or underground domestic economy, it resists regulation and quantification.”  En Vittoria Di Palma, Wasteland, A History (NY: MIT Press, 2014)

Leyenda Imágenes:
(1) y (2) Multiplicación de recorridos en el Campus Antumapu a través de la superposición de la obra The Gates de Christo y Jeanne-Claude originalmente instalada sobre Central Park en 2005. Imagen de Gabriel Rojas para el curso Reclamando Sitios, impartido en la PUC. 
(3) y (4) Proyecto de corredor ecológico para el ingreso de aves en los terrenos del actual Parque Errazuriz y los pozos de extracción aledaños en Santiago sur poniente. Miguel Zárate para el curso Reclamando Sitios, impartido en la PUC.