Apuntes Sobre Cómo Mirar Hacia Arriba en una Ciudad

PAISAJES TEJIDOS
Cristóbal Araneda para LOFscapes
21.08.2018

(1)-Fran[zi]s[ko]Vicencio,-Sin-título-(2017)-–-CC-BY-NC-2.0.jpg

¿Dónde se origina la contradicción constante de rozarnos todo el día con cuerpos y vivir en absoluta soledad? La alienación del ser humano en su oficio de ciudadano moderno no es producto de casualidades, sino de una serie de cambios espaciales y progresivos que alcanzan su despegue y establecimiento definitivo durante la primera revolución industrial. La pasividad de la masa urbana es, más que una circunstancia, un pilar del capitalismo contemporáneo. Pero si la aislación es construida, bien puede ser cuestionada y, en algún punto, rota.

 Where does the constant contradiction of rubbing all day with bodies and living in absolute solitude originate? The alienation of the human being in his office of modern citizen is not the product of coincidences, but of a series of spatial and progressive changes that reach their takeoff and definitive establishment during the first industrial revolution. The passivity of the urban mass is, more than a circumstance, a pillar of contemporary capitalism. But if the insulation is constructed, it can be questioned and, at some point, broken.

 
La esencia de lo que significa la noción de espacio para el ser humano se puede retrotraer hasta la misma etología. Para prácticamente todos los animales vertebrados existe una necesidad de poseer y defender un territorio determinado. Hay evidencia de comportamientos anómalos, en caso de cautiverio, desde aves hasta mamíferos; en el caso del ser humano, hay estudios que indican la influencia que tendría el hacinamiento en procesos regresivos en el desarrollo infantil, o en comportamientos fuertemente territoriales y excluyentes que se dan incluso en ¡salas de hospitales! Y entonces ¿hasta qué médula nos toca hoy la creciente densidad poblacional, la ausencia de áreas verdes en zonas pobres, las autopistas rampantes que nos dividen 24/7?

Podemos subir el rascacielos más alto y ver desde amplios ventanales toda la ciudad. Podemos, en tal situación, sentirnos parte de esta maraña de calles, olores, danza. ¿Pero existe aquí un verdadero vínculo con lo que estamos observando? ¿Y treinta metros bajo tierra, en algún vagón, acaso sí hay un vínculo? Porque, a final de cuentas, desde arriba contemplamos luces y hormigas: las personas  ̶ en tanto individualidades  ̶ nos resultan ajenas. ¿Y abajo? Dice Augé: “no hay nada tan irremediablemente subjetivo como un trayecto en el metro y, sin embargo, nada es tan social como semejante trayecto, no sólo porque se desarrolla en un espacio-tiempo sobre-codificado, sino sobre todo porque la subjetividad que lo define en cada caso (todo individuo tiene su punto de partida, sus combinaciones y su punto de llegada) forma parte integrante, como todas las demás subjetividades, de su definición como hecho social total.” (1). Esta es la contradicción esencial del habitar en una ciudad.

Porque vivimos así, en una tensión constante, nadando en la metrópoli-paradoja, recorriendo sus vericuetos como si en realidad estuviésemos flotando y no existiesen otras biografías tocándonos en cada boliche, en cada caja de supermercado, en cada reflejo mirándonos desde las vitrinas. Es la ciudad ̶ finalmente ̶ una playa a la que nos enfrentamos en soledad; la seguidilla de autos en cualquier avenida suena, después de unos segundos y sin mucho esfuerzo, a olas yendo y viniendo rápidamente, como queriendo lavar lo lóbrego, como queriendo resonar en todos los parques abandonados de madrugada.

Para darle sentido a la playa en soledad invoquemos algunos recuerdos, enmarcados todos en la Europa occidental mientras acogía la revolución industrial. En 1781 la Comédie Française, uno de los principales teatros en París, se muda a un nuevo espacio con butacas para todo el público. Antes de ello, el teatro se presenciaba generalmente de pie, a excepción de ciertos aristócratas que tenían asientos en el mismo escenario y que podían pasearse con libertad para saludar a quienes les viniera en gana. No eran los únicos: durante el transcurso de la obra vendedores ambulantes ofrecían gritando sus productos; el público dialogaba a viva voz e interrumpía frecuentemente con sus vítores y llantos. Pero al instalarse las butacas en la Comédie Française ocurrió algo extraño: el público se quedó en silencio.

En las tabernas, mientras tanto, los periódicos ̶ que tenían un costo restrictivo ̶ solían ser leídos en voz alta, para compartirlos. Y ocurría algo interesante: la recitación traía consigo, de cajón, la discusión política. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, mientras Hausmann intervenía París, aumentan en Europa dos cosas: la tasa de suicidios y el tiraje de los periódicos. Le Petit Parisien llegó a imprimir tres millones de copias diarias (2) . Ahora los diarios entretendrán a cada uno de manera solitaria, por lo que sus secciones se tornan específicas, de interés más efímero y hedonista; nace la prensa amarillista, las noticias intrascendentes, las secciones de horóscopos. La conversación se vuelve insulsa, por lo que incluso se publican listas de temas para debatir. La opinión pública se ha vuelto incapaz de generar «opinión pública» que es, desde ahora, lo que se decide de los think tanks de moda.

¿Qué tienen en común estos dos ejemplos? Una noción moderna de pasividad. Se facilita así la dominación de un sistema en el que la contemplación (ergo, la empatía profunda) es una pérdida de tiempo y, por tanto, de dinero. Para destruir la actividad ciudadana, el lenguaje se presenta empaquetado, numerado y en dosis de digestión rápida. Y esta pasividad es un pilar urgente y definitorio en el capitalismo post-industrializado. Incluso los grupos ̶ artísticos, políticos, hasta de amigos ̶ se identifican en función de un otro que excluyen y no del propio ser, siendo incapaces de generar una propuesta de cambio estructural. Sus tormentas fratricidas desvían la atención hacia los problemas internos de cada colectividad y finalmente terminan reforzando las estructuras generales. Estamos sectorizados ̶ a veces creemos estar íntimos̶, y ni siquiera somos capaces de desenredar nuestros propios nudos.

Parece entonces necesario tomar conciencia de la construcción histórica de la aislación, que ha llevado a la falta de empatía, al des-ensamblaje de la solidaridad de clase, a la exclusión de los cuerpos inútiles al sistema socioeconómico a la usanza romana (solo que ahora todo cuerpo es útil al capital, por lo que no se mata en el Coliseo, sino que se pone en servicio o, en caso de ser improductivo, se excluye o encarcela). Y es digna tarea también avanzar, al fin, en la reconstrucción de los lazos sociales que aún viven en nosotros después de tantas y tantas generaciones.

Cristóbal Araneda. Estudiante de Psicología de la Universidad de Chile. Director de la revista Un Pelo Perdido, publicación colectiva de cultura con énfasis en la relación de lo urbano con la literatura y la ilustración.


Notas:
(1) En El Viajero Subterráneo. Gedisa, 1998.
(2) Ver Jaime Eduardo García, “El siglo XIX, inicio de la era mediática” en La Jornada Semanal

Leyenda Imágenes:
(1) Fran[zi]s[ko]Vicencio, Sin título (2017) – CC BY-NC 2.0
(2) H13, CC BY-NC-SA 4.0, Cristóbal Araneda A. para LOFscapes
(3) Torres, CC BY-NC-SA 4.0, Cristóbal Araneda A. para LOFscapes